viernes, 11 de diciembre de 2015

Kartusch, unos años después.





“…Pero hasta los Ojos Peludos tenían problemas. Porque tenían tanto miedo de no ver algo que fuera bello, que nunca cerraban sus ojos y jamás dormían…”
-Fragmento de Kartusch, de Stephen Cosgrove.


Cuando buscamos a toda costa la belleza en la vida, y por belleza no me refiero a la estética, ¿en dónde la solemos buscar?

Quizás nos pase que lo que filtramos a través del sentido de la vista sea lo que nos lleve muchas veces a definir a las personas: la marca de la ropa, la figura atlética, el color y la tersura de la piel, la dentadura perfecta, el cabello sedoso y bien peinado.

Otras veces, la mente podría traicionarnos diciéndonos que lo que es verdaderamente importante es el grado académico, el habla educada, el cúmulo de libros leídos, la cantidad de idiomas hablados, los viajes realizados –el mundo de la otra persona-, los gustos culinarios y así una lista interminable de requerimientos que ponemos fácilmente al otro, porque no somos capaces de mirarnos al espejo a nosotros mismos.

Cuando somos niños, o cuando nuestro niño interior se asoma, podemos abrazar las cualidades de los demás, desde la capacidad de asombro y el regocijo, tomándolas como una expresión creativa individual, en cambio, cuando el adulto actúa como personaje principal, muchas veces siente que los demás esperan de él que se manifieste como un “ser crítico”, no el que reflexiona, sino el que juzga.

Sucede que cuando experimentamos una baja autoestima, nos volvemos tan rígidos como el acero, y “nos quebramos, pero no nos doblamos”, como reza un dicho antiguo, y con esto perdemos oportunidades realmente valiosas de salir de nuestro pequeño mundo ideal –e irreal-, lleno de expectativas, donde tengo sólo altas exigencias para mí misma y por ende, para los demás.

Cuando no me acepto incondicionalmente a mí misma, no puedo aceptar incondicionalmente al otro y veo en el otro sus oportunidades de mejora, en vez de limpiar mis lentes y enfocarlos en lo que el otro y yo si tenemos: la humanidad y el deseo primordial de ser felices y de dejar de sufrir y el enorme potencial que subyace en cada uno, simplemente por ser quien es.

Si tomo esto en cuenta, y entonces enfoco la atención a mi propia “sombra”, que suelo no ver a simple vista, y que para mirarla me exige un trabajo arduo de autoconocimiento, y en donde aluzo lo que hice o lo que dije sin pensar, como reacción y no como respuesta, me sorprenderé.

En esta sombra reside todo lo que considero que poseo de “negativo” en cuestión de emociones, conductas o pensamientos reprimidos, por lo cual, no puedo conscientemente aceptarlos como parte de mí misma, y más aún, cuando rechazo al otro, es porque el otro posee también algo que YO tengo, pero que no reconozco y no valido primero en mí.

¿En dónde están mis heridas que no me permiten ver con claridad y afrontar cada situación no grata desde el agradecimiento a lo que sí hay, desde el amor y desde mi potencial creativo?

Si trabajásemos para encontrarlas y para sanarlas, podríamos aliviar la violencia en nuestro Planeta, porque nos aceptaríamos incondicionalmente a nosotros mismos y a los demás seres humanos. Se erradicarían la competencia, las luchas de poder, los excesos y abusos de los que piensan que con más de afuera y de lo ajeno, van a saciar su terrible vacío interno.

En el Coaching hay una premisa básica: El Coach ha de confiar ante todo en el potencial de su cliente. Y es así, a todos nos ha sido dado, sólo que para encontrarlo hay que saber buscarlo.

Termino este escrito rememorando un par de cuentos que me hacen sentido respecto al tema, el primero es el de Kartusch, de Stephen Cosgrove, que me leía mi madre en mi primera infancia y que atesoro por su mensaje, principalmente contenido en estas líneas:


“Vieron eso”, dijo uno de los Peludos, “esa serpiente está ciega, porque no tiene ojos para ver”. De todos los Ojos Peludos se oían palabras de pena hacia la serpiente: “¡está ciega!”, “¡no puede ver!”, y “¡oh, pobre de ti, serpiente”!. “¡Bueno!” dijo la serpiente, “me llamo Kartusch, y no siento ninguna pena por mí”. 



“¡Pero debes compadecerte!”, dijo uno de ellos, “ya que no puedes ver todas las riquezas del hermoso bosque”. ”Ah”, dijo Kartusch, “la belleza no consiste solo en ver las cosas. También en tocarlas, sentirlas y oírlas”.


Y, el segundo, es un cuento usado en la terapia Ericksoniana, que trata sobre “la montaña y la nube”, sobre cómo es que la nube quiere ser como ella percibe a la montaña: fuerte, consistente, densa, concreta, estable kie es el de Kartusch, que len nsa, concreta, estable...a, que trata sobre "a nube y la, el primero es el de Kartusch, que len ; mientras la montaña sufre porque no tiene aparentemente lo que si tiene la nube: ligereza, suavidad, movimiento, fluidez; pero:

¿Qué sería diferente si para de verdad conocer al otro cerráramos los ojos y abriéramos más los oídos?


Pilar Padilla
pilar@trecuori.mx



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