sábado, 16 de abril de 2016

Cicatrizando con oro mis heridas


 
(Foto: whatladylikes.com)

“El mundo nos rompe a todos, y luego algunos
se hacen más fuertes en las partes rotas”.
-Ernest Hemingway


Así como desde el momento de la creación de un objeto cualquiera, el ser humano, desde su nacimiento acumula historia. Entonces, el objeto, al igual que el ser, nunca terminan por ser proyectos acabados, sino más bien siempre “viven” –animados o inanimados, consciente o inconscientemente- en transición, en constante cambio, en crecimiento.

Recuerdo la voz de mi terapeuta ericksoniano, en cada sesión, utilizando el arquetipo del árbol, ese árbol que yo soy, de raíces fuertes que incluso los huracanes, los incendios, las plagas no han logrado destruir, y que el follaje que ya está seco y que cae a la tierra y se descompone el polvo, me hace fértil y me nutre de nueva vez, ayudándome a siempre estar creciendo, transformándome, sanando mis heridas a través de mi simple estar por la vida, respirando.
Es entonces cuando relaciono esta metáfora con la manifestación más artística que tengo sobre la cualidad de la resiliencia –la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas-: el Kintsugi.

Cuenta la historia que al Shogun Ashikaga Yoshimasa se le rompió su cuenco de té favorito. Como era un hombre muy poderoso decidió hacer lo imposible por reparar aquel objeto y lo mandó al lugar en China donde se había fabricado, con la esperanza de que aquellos artesanos le devolviesen la vida.

Esperó y esperó hasta la mañana en que volvió el cuenco. Pero entonces el soberano sufrió la más grande de las decepciones. Se había reparado con unas grapas de metal que no alcanzaban a unir las grietas y que lo inutilizaban para su uso en la ceremonia del té, además de afearlo y privarlo de la delicadeza que tanto apreciaba en él.  

El Shogun Ashikaga era conocido por su determinación y haciendo gala de esa cualidad siguió creyendo que la reparación era posible. Esta vez mandó a artesanos japoneses que encontraran una solución, y que desarrollaran una técnica para reparar cerámica que uniese perfectamente las juntas. Así nació el Kintsugi, o reparación con barniz de oro.

Que esta leyenda sea cierta o no carece de importancia, lo cierto es que el Kintsugi logra, además de reparar la pieza, transmutar las heridas en la principal característica a destacar del objeto.

Actualmente las antigüedades reparadas mediante esta técnica son más apreciadas que las que no se han roto nunca, es una especie de contrasentido que sólo se entiende admirando las cicatrices de oro que surcan su superficie.

Desafortunadamente en nuestra sociedad occidental se ha perdido cada vez más el interés en restaurar lo viejo o lo roto, debido a que en la escala de valores se relaciona lo bello con lo nuevo, se tira o se esconde lo viejo y lo roto y se le busca sustituirse por algo nuevo, de moda.

Y me pregunto, si esto hago con simples objetos:

¿Qué hago cuando como persona me he roto, cuando tengo cicatrices?

Mi cuerpo y mi alma son tan frágiles como un objeto de porcelana, y tan propensos a sufrir las consecuencias del paso del tiempo, del cambio, del desgaste por la vida misma, con el sufrimiento y las heridas que ésta puede conllevar, hasta un día fracturarse o romperse no solo por fuera, sino internamente. Pero…

¿Qué de beneficio sí me puede dejar esa herida o esa rotura?

La posibilidad de repararme a través de un amoroso y compasivo trabajo personal -hacia mi interior-, en que opere en mí la cualidad de la resiliencia, así como opera el polvo de oro en la cerámica.
Que me transforme en alguien aún más valioso por tener las cicatrices del corazón cubiertas por hilo dorado, hasta que no duelan y hasta que las agradezca por lo que me han enseñado, y ulteriormente hasta poder celebrarlas como parte importante de mi vivir.

¿Cómo puedo empezar?

  1. Conociéndome, para ser consciente de cuán fuerte soy y cómo podría salir adelante en una situación compleja emocionalmente.
  2. Descubriendo en mí las habilidades que tengo que me pudieran ser de utilidad en una situación de crisis.
  3. Potenciando día a día mis hábitos saludables y mi escucha hacia las personas que pueden ayudarme por sus conocimientos o por el cariño y aprecio que sienten hacia mí.
  4. Fomentando mi autoestima, enfocándome en lo que sí soy y no en mis carencias.
  5. Cuestionándome a mí misma cómo podría salir adelante en un momento difícil.
  6. Siendo bondadosa conmigo misma y con los demás, manteniendo un constante sentimiento de gratitud hacia todos los seres con los que me interrelaciono y que me permiten también estar viva.



Resulta indispensable poseer una mirada de artista para encontrar
la belleza en todo aquello que en nosotros está roto, lacerado o descompuesto,
así como valor y una fuerte dosis de amor a nosotros mismos para convertirnos,
-a partir de la responsabilidad en nuestras propias acciones-
en quienes deseamos ser.




Pilar / Coach 
pilar@trecuori.mx 






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